Archivos en la Categoría: La Heroína

Estoy hecho polvo, tirado en la cama. Dos chicas se ocupan de mí. Pero una se va, se tiene que ir y no creo que vuelva. Y la otra ya no está conmigo realmente. Así que me he quedado solo pero sigo viendo sus caras flotando cerca de la mía.

Me levanto para ir a la iglesia a un funeral. Pero no debe verme nadie, ni la organista. Si me ven no tendré más remedio que salir corriendo.

Vamos a casa de El Padrino y Birkin. Richarte y yo ponemos una peli porno en la tele y nos tiramos en la alfombra para verla cómodamente. Me parece que la peli está fuera de contexto pero eso no quita para que la veamos con total naturalidad, con toda la familia.

Recuerdo a El Creador oficiando de maestro de ceremonias, guiándonos a través de pasillos interminables hasta llegar a la sala donde se oficiará la ceremonia, el banquete. Esta vez me acompaña la Heroína a todas partes. Verla a mi lado me produce un enorme placer. No dice nada, simplemente se cuelga de mi brazo de vez en cuando y ese pequeño gesto suyo tan característico es suficiente para que yo sepa que está ahí, conmigo. Me resulta desconcertante ver cómo se mueve con total naturalidad entre los miembros de mi numerosa familia. Los saludo a todos, uno por uno, menos al Paracaidista. Cuando entro por segunda vez a la sala me fijo en su aspecto (el del Paraca) y ha cambiado por completo. Ahora tiene el pelo completamente moreno, largo y lacio. Fernández, el profesor del Submarino, atraviesa la sala y prohíbe fumar, al tiempo que nos deja unos ceniceros de cristal sobre la mesa. Hay más restricciones pero yo sólo tengo ojos para la Heroína y le doy un beso en sus labios. De pronto salgo fuera de mí, soy otra persona, me levanto y me acerco a mí mismo (que ya no soy yo), a quien veo aparecer por el pasillo. Disfruto de este desdoblamiento, me veo como jamás me he visto, ni siquiera como uno se ve cuando se graba en vídeo, me siento impulsado hacia él y con absoluta naturalidad le doy un beso en la boca y un escalofrío me recorre la espalda porque me he excitado extrañamente y porque creo que soy ella.

Me despierto en mi cama. Estaba soñando con una chica con la que estaba follando. Me despierto acompañado. A mi lado tengo otra chica: es mi Heroína. Le explico mi sueño. Ella se excita mucho, me besa y se tira encima de mí y comenzamos a follar como en el sueño.

Mi Heroína, recostada sobre mi pecho, llora.

Mi Heroína se ha convertido en la última tentación de Cristo.

En La Celda hay una reunión multitudinaria. Mucha gente sentada a la mesa: Nieves, Patrizia, Sensei … Pero también por el resto de La Celda. Dos se ponen a bailar. Hay follón, cervezas, aperitivos. Se me va de las manos. Parecemos una reunión gitana flamenca. Mi Heroína está a punto de llegar y no sé si le va a gustar mucho encontrarse con todo este jaleo. Me preocupo.

Dentro del camerino me pongo a limpiar y encuentro insectos bien gordos que me da reparo matar. Hay uno al que golpeo con un zapato pero sigue viviendo y se esconde bajo el sofá donde estamos sentados.

Me siento yo también y contemplo cómo mi cama ha sido deshecha y yo no he sido. Ha sido Miriam. Yo no la deshago así, retiro la funda nórdica, arreglo las sábanas un poco y la vuelvo a extender. Pero la cama está totalmente desmantelada, a la antigua.

Cojo mi monedero y me doy cuenta de que me lo han cambiado por la nueva cartera que me regaló mi Heroína. Todas las cosas que había en el monedero están perfectamente ordenadas en la nueva cartera.

“He sido yo”, me dice Miriam. Le digo que tenía planeado hacerlo en algún momento. Me pongo mis calcetines y veo que tienen agujeros. Uno de los agujeros se ve en el empeine. Me saco el calcetín para ponérmelo bien y que el agujero aparezca en el talón, que es donde le corresponde. En ese momento tan comprometido, se abre el telón y el público me mira. Una mujer ríe. Yo sonrío.