Últimos minutos de la vida de la madre de La Creadora. Estirada en la cama, agonizando. A su lado La Creadora, El Creador, Birkin. Del otro lado de la cama, contemplo la escena.
La madre de La Creadora muere.
La familia no llora. Simplemente se acabó. El Creador habla de ir a buscar el coche. La Creadora de preparar el entierro. Rodeo la cama y le doy un gran abrazo a La Creadora. Eso es lo primero.
¿Qué hacemos en la misma mesa la madre y el padre de La Creadora, Los Creadores, Mi Protegida y La Viuda? La Viuda se comporta como si no hubiese pasado lo que pasó. Yo soy educado pero ¿puedo olvidar? No lo veo por mucho que ella nos lo esté pidiendo. De vez en cuando la madre de La Creadora se levanta, ríe y da unos pasos, cortos y rápidos, como una danza ritual, y nos habla: ¡Ay, qué querido! El padre de La Creadora también ríe pero no le escucho. No digo que no hable pero de lo que estoy seguro es de que no le escucho.
Mi Protegida es la primera persona que se somete a una nueva operación quirúrgica. Espero con los Creadores en el hospital.
(…)
Mi Protegida ha muerto. La Creadora no me lo quiere decir pero es evidente. Cuando se ve obligada a admitirlo, le intenta sacar importancia. El Creador directamente se comporta como si nada hubiese pasado.
De sopetón, brutalmente, me enfrento con la muerte de Mi Protegida. No puede ser. No puede desaparecer de la noche al día. No la volveré a ver nunca jamás. Ese nunca jamás es muy doloroso. Siento una punzada en el corazón, me mareo, todo me da vueltas. Y lloro, lloro a berridos, no puedo parar.
Luego aparece la ira, la cólera roja. Debo destruir a los responsables del complot que ha acabado con la vida de Mi Protegida. Recorro el hospital en su busca y van apareciendo. Es toda una banda de asesinos bien entrenados y sus cómplices, aparentes mosquitas muertas con aspecto inocente pero tan culpables como los que toman las pistolas.
Me elevo por encima de toda esa purria y descargo mis golpes en sus cabezas. Son duros, una especie de cyborgs resistentes y super inteligentes. Pero mi ira es infinita. Aunque ellos tienen pistolas que disparan hacia mí. Pero me da igual, la cólera roja no desaparece. Me guía un instinto asesino que me permite sortear la lluvia de balas para vengar a Mi Protegida. Los bandidos huyen como pueden utilizando las puertas de embarque del aeropuerto. Pero lo que ellos no saben es que sé volar.
Una amiga me da un beso en los labios. Pretende algo más que amistad, lo sé, pero a mí me resulta incómodo.
Desde el jardín que está delante de la casa de El Paraíso vemos al Creador haciendo arreglos en el patio que da entrada a la casa. Nos saluda y nos explica toda una historia que ha tenido con el padre de La Creadora, a la que todos intentamos sacarle hierro.
Entro al lavabo del recinto donde residimos mi amiga y yo y un montón de gente más que nos acompaña. Una chica y tres tíos entran detrás mío y permanecen dentro, charlando mientras yo intento mear, aunque no lo consigo porque me siento observado. Uno de ellos por fin se da cuenta y se van para dejarme solo. La taza del water tiene una de esas protecciones higiénicas. A mí me sigue costando mear porque estoy un poco excitado aún.
Estoy un poco puteado porque me han llamado de La Santa para tocar una pieza en el auditorio. Dudo entre pasar olímpicamente de ellos o aprovechar la oportunidad para jugar un poco y escandalizarlos. O simplemente aportar un poco de aire fresco, que buena falta les hace.
Mientras pienso esto recojo las cosas y abandono la playa en la que estaba tomando el sol con Los Creadores y Mi Protegida.
Llegando a casa de Los Creadores nos encontramos en la calle a un grupo de chavales jugando a un juego algo violento. El Creador les reprende pero ellos ni caso. Yo, en cambio, les robo un par de zapatillas deportivas y se vuelven locos. Paran el juego y me piden explicaciones. No sé qué coño les explico que se quedan tranquilos. Algo les prometo, pero no sé lo qué. Lo que sí sé es que me llevo las bambas y que ha sido una jugada maaestra que utilizo para demostrarle al Creador que hay otras formas más efectivas que el ordeno y mando para conseguir que la gente nos haga caso.
Ya en casa Mi Protegida me devuelve mi móvil y resulta que no es el mío. Ha habido una confusión con los móviles, el ipod y su puta madre. Creo que este móvil es de uno de los chavales y el mío, que es bastante más moderno, se lo deben haber quedado a cambio. Me estoy empezando a putear.
La Creadora me llama desde la otra punta del piso. El Creador también. Me tienen harto. Me pillan pensando si toco John Cage o qué. Pero pienso en el muermo de tener que tragarme todo el puto concierto y decido que rechazaré la invitación. Y les grito a mi familia que me dejen en paz de una vez.
Me despierto con una sonata de Beethoven en la radio. ¡Qué curioso! Hace mucho tiempo que cambié a Radio 3. Quizá me despierte en el pasado.
Paso el día con mi familia y Birkin en una casa de veraneo. Pero no es verano, es más bien primavera. La casa es blanca, tiene una terraza superior, como un terrado inmenso, en el que pasamos la tarde con unas conocidas de Birkin que son unas antipáticas. Una me toma por un camarero. “Niño, tráeme un vaso de agua”. Yo la miro como si no hubiese escuchado bien. ¿De qué va esta tía? Al final se levanta ella misma a buscarlo.
A la casa se accede por abajo. Como si fuese un barco y nosotros pasásemos el día en la cubierta. Me da por ir abajo y veo con pavor que se ha inundado. Cae agua del techo, que se está deshaciendo como si hubiesen estalactitas. Salgo corriendo a buscar al Creador para avisarle pero por mucho que grito no lo encuentro. Tomo el mando, entonces. Me acerco a Birkin y le explico lo que pasa. Ella continúa tan tranquila y yo flipo. Me reprocha cariñosamente que aún no haya conseguido aprender a mantener la calma en situaciones extremas como ésta. Ya no soy un crío. Bueno, vale, pero llamo a la Creadora, para que se ponga a salvo y también a las pesadas de las amigas. Se arma revuelo y unos pocos bajamos a comprobar el estado del piso de abajo. ¿Cómo ha podido suceder?
Entonces llega un paquete para la casa. El Creador, que finalmente ha aparecido, lo abre y ante nosotros aparece un niño que comienza a correr o, más bien, chapotear por el interior del piso. Tengo que entrar para calmarlo y pararlo, aunque él se resiste y me da patadas y puñetazos. Es un bicho. Tiene un ojo blanco, ensangrentado, y le falta media dentadura. A mí no me inspira más que lástima. Lo abrazo y me emociono. Él se da cuenta de que no me inspira más que amor y se sorprende, lo cual es el principio de un cambio de actitud.
Un par de chicas me persiguen de noche. Los Creadores se han ido de la ciudad y, por unos días, mi Protegida y yo tenemos su casa para nosotros.
Una de las chicas me coge la mano y la otra se mete enmedio y me da un beso. Me obliga a apartarla. Me refiero a la del beso. Demasiada gente entrometiéndose en mi vida. Esta chica, un tío alto y fuerte, algunos secuaces. Todos intentan por todos los medios que los deje entrar en casa pero yo sé que eso sería una equivocación y que debo impedirlo. Cada vez vienen más y más, esto se tiene que acabar. Posición de combate. Visto kimono. Mis primeros golpes salen como latigazos. No tengo compasión porque sé que esta gente no es humana. Son bichos programados para sacarme la sangre. ¡A la mierda la compasión! Mis puñetazos los dirijo a la cara, con todas mis fuerzas. Y las patadas al estómago. Pero no me muevo más de lo necesario, como debe ser. Precisión y economía de recursos. El gigante cae, la chica entrometida no se atreve a acercarse. No dudo. Se acabaron las dudas. Me da igual su dolor. No me lo creo. No es de verdad. Estas alimañas no sufren. Son insensibles. O ellos o yo.
Comida familiar con la presencia invitada de La Puta. La Puta me muestra una carta que me envió hace tiempo y que yo no recordaba. La carta es un cómic, casi una fotonovela, en la que aparecemos ella y yo como protagonistas. ¿Cómo puede ser que no recuerde algo tan chulo?
El Padrino me recuerda lo que vale cada uno de los regalos que están sobre la mesa.
El Creador me hace sentir culpable cuando me explica que unos excompañeros míos del colegio no le han pagado los últimos meses de alquiler de un piso propiedad suya del cual ignoraba la existencia. Le contesto y se caldea el ambiente.
Birkin no dice nada pero me sigue a la cocina. Cojo una botella de agua abierta y me sirvo. La pruebo y me sabe mal, como si llevase mucho tiempo ahí.
De pronto, Sensei se tira contra la pared, nos mira, a El Cuerpo y a mí, y nos dice que se va a correr ahora mismo porque está super excitado. Se saca la polla y se la casca ante nosotros y, antes de que nos dé tiempo a reaccionar, se corre y su semen le mancha el jersey porque casi le llega hasta su cara. Yo meneo la cabeza y le digo a El Cuerpo que Sensei está loco perdido y que no sabe ya cómo llamar la atención. Venga, Sensei, recomponte y vámonos. Y salimos por la puerta de entrada del edificio donde viven Los Creadores.
La Puta me llama por el patio de luces del piso de Los Creadores. Yo estoy en el lavadero. Me dice que vaya a una fiesta en otro piso. Voy. Hay mucha gente, entre ellos Sensei. Estoy tirado por el suelo, en unos cojines, con Sensei al lado, rodeado de gente que me escucha y voy y explico alguna intimidad de La Puta que sé por Sensei. Sensei me mira flipando y me reprende aunque sólo sea con la mirada. ¿Cómo puedo estar explicando eso? Le digo que no pasa nada pero sé que no es cierto. Soy gilipollas.
Paso una temporada en un pueblo de montaña. Un día nos da por hacer una excursión a pie, con El Creador y otra gente del pueblo. Descendemos por la montaña. Llegamos a un primer pueblo, donde nos dan el desayuno por la mañana. Se decide continuar descendiendo hacia otro pueblo que está a una considerable distancia pero que tiene mar. Y eso a El Creador le pone. A mí me da palo pero me explican que también dispone de canchas de baloncesto y tenis. Eso me acaba de convencer. Llegamos muy tarde. Nos dirigimos a una sala con piano. El piano está rodeado de otros instrumentos: batería, guitarra eléctrica, bajo… Hay que tocar. A mí me toca improvisar sobre un tema que me suena bastante pero que no he tocado nunca. En Do. Do M, Fa 64, La m, Sol. Algo así. Me acompañan un conjunto pop: batería, guitarra, bajo y alguien que canta. Con la mano derecha juego con unas octavas muy agudas que quedan preciosas. Pero me muero de hambre. Claro, nos hemos pasado la mañana caminando. Acabamos el tema y nos vamos a comer a algún restaurante del pueblo mientras otros nos toman el relevo y suben al escenario.