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Últimos minutos de la vida de la madre de La Creadora. Estirada en la cama, agonizando. A su lado La Creadora, El Creador, Birkin. Del otro lado de la cama, contemplo la escena.

La madre de La Creadora muere.

La familia no llora. Simplemente se acabó. El Creador habla de ir a buscar el coche. La Creadora de preparar el entierro. Rodeo la cama y le doy un gran abrazo a La Creadora. Eso es lo primero.

Se me va la olla. No me presento donde había quedado. Me levanto a la hora que me da la gana. Me visto. Compruebo que mis bambas rotas han sido sustituídas por otras nuevas. Me alegro pero pienso en quien debe haber sido: mi madre, seguramente. Voy a mi rollo. Me importa un bledo lo que piensen los demás. Por culpa de eso me convierto en alguien muy peligroso. Estoy herido y el mundo lo va a pagar. Una chica gordita se me acerca. Creo que me falla la memoria porque no me acuerdo de quién es. La ignoro. Se sorprende y se entristece. Sensei aparece recién duchado y afeitado y no da crédito, mi corportamiento le escandaliza y me llama la atención pero yo ni caso. Paso a buscar al I-Ching, que ha tenido un accidente y va con muletas pero se parte de risa. Así me gusta. Estamos heridos pero nos reímos de todo. Tomo asiento al final de la clase, de qué clase no importa.

¿Qué hacemos en la misma mesa la madre y el padre de La Creadora, Los Creadores, Mi Protegida y La Viuda? La Viuda se comporta como si no hubiese pasado lo que pasó. Yo soy educado pero ¿puedo olvidar? No lo veo por mucho que ella nos lo esté pidiendo. De vez en cuando la madre de La Creadora se levanta, ríe y da unos pasos, cortos y rápidos, como una danza ritual, y nos habla: ¡Ay, qué querido! El padre de La Creadora también ríe pero no le escucho. No digo que no hable pero de lo que estoy seguro es de que no le escucho.

Excursión, fiesta en la playa. Mucha gente, algunos conocidos, otros no, menos mal. Predominio de chicas (menos mal) y El Niño. Un salto y, hop, vuelo suavemente hasta uno de los pinos enfrente de la playa. Hop, me lanzo al vacío y planeo hasta el agua, me zambullo con la ropa y todo, juego con las chicas y alehop, de nuevo vuelo hasta la pineda. Podría estar así todo el día.

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I Know Where the Summer Goes

Estoy hecho polvo, tirado en la cama. Dos chicas se ocupan de mí. Pero una se va, se tiene que ir y no creo que vuelva. Y la otra ya no está conmigo realmente. Así que me he quedado solo pero sigo viendo sus caras flotando cerca de la mía.

Me levanto para ir a la iglesia a un funeral. Pero no debe verme nadie, ni la organista. Si me ven no tendré más remedio que salir corriendo.

Vamos a casa de El Padrino y Birkin. Richarte y yo ponemos una peli porno en la tele y nos tiramos en la alfombra para verla cómodamente. Me parece que la peli está fuera de contexto pero eso no quita para que la veamos con total naturalidad, con toda la familia.

Estoy a punto de salir de Alemania. Justo pasado el control del aeropuerto una señora se acerca a mí y me pregunta si le vendo una bolsa que llevo medio rota. Me lo pienso y le contesto que se la regalo. Está muy vieja, ya apenas la utilizo y para que se muera de asco mejor regalarla a alguien a quien, por lo visto, le gusta y le dará uso. La mujer me ayuda a vaciarla. Va colocando los jerseys y otra ropa con un orden prusiano. Tanto que, por un momento, no veo alguna prenda y desconfío de ella por si me está robando. Pero no. Es honrada conmigo.

De viaje con Ramón, le ayudo a montar. Salgo un momento a buscar algo al patio, un patio inmenso pero cerrado. Allí me encuentro con otra mujer mayor. Me pide que la acompañe. Le digo que estoy ayudando a Ramón, que estoy muy ocupado, que no puedo. Ella ni se inmuta, me coge del brazo y me dice que lo que sea que esté haciendo con Ramón puede esperar. Tiene razón. Luego me habla del Morer, de su pista de tenis, de aquellos años de mi infancia. Tengo la impresión de haber estado ya allí, en ese patio rojo y señorial.

Miro a Sensei a mi lado y le pregunto:

- Ese tío desafina, ¿no?

Y él me contesta:

- A mí no me lo parece

- ¿No lo notas?

- No, para nada.

A él le gusta, parece el videoclip de The Knife.

Estoy pasando una temporada con Sensei en nuestro piso de protección oficial en Francia. Por la mañana me levanto y me siento ante el piano de cola que hay en el rellano. Toco la Gnosienne número 2 de Satie. Trabajo la mano derecha, buscando a ver qué encuentro en la primera frase. No sé si encuentro algo o me he encallado como un autista pero el caso es que no puedo parar de repetir una y otra vez la frase.

Detrás de mí se abre una puerta. Una de mis vecinas asoma la cabeza. Se ve que está recién levantada. La he despertado yo. No le hace mucha gracia pero es una chica simpática y comprende. Hablamos (en francés) sobre el estado de la sanidad pública, lo que son las cosas.

Aparece Sensei, duchado, afeitado y vestido para matar, esto es, tipo Marlon Brando en Un tranvía llamado deseo. Aprovecha la elevación de un parterre del rellano para colocarse en esa posicion suya tan característica, apoyado sobre sus antebrazos. Ha captado nuestra atención y lo sabe muy bien. Ahora nos suelta su frase: A ver, señores, este es el juego, mientras sostiene una Moritz entre sus piernas.

Mi vecina me pregunta si soy gay. Me río. Nada de eso. Sensei sí que toca ese palo. ¿Es gay? Hombre, tiene novia pero también tene un pasado. Y la gente no cambia, ¿no?

Mi Protegida es la primera persona que se somete a una nueva operación quirúrgica. Espero con los Creadores en el hospital.

(…)

Mi Protegida  ha muerto. La Creadora no me lo quiere decir pero es evidente. Cuando se ve obligada a admitirlo, le intenta sacar importancia. El Creador directamente se comporta como si nada hubiese pasado.

De sopetón, brutalmente, me enfrento con la muerte de Mi Protegida. No puede ser. No puede desaparecer de la noche al día. No la volveré a ver nunca jamás. Ese nunca jamás es muy doloroso. Siento una punzada en el corazón, me mareo, todo me da vueltas. Y lloro, lloro a berridos, no puedo parar.

Luego aparece la ira, la cólera roja. Debo destruir a los responsables del complot que ha acabado con la vida de Mi Protegida. Recorro el hospital en su busca y van apareciendo. Es toda una banda de asesinos bien entrenados y sus cómplices, aparentes mosquitas muertas con aspecto inocente pero tan culpables como los que toman las pistolas.

Me elevo por encima de toda esa purria y descargo mis golpes en sus cabezas. Son duros, una especie de cyborgs resistentes y super inteligentes. Pero mi ira es infinita. Aunque ellos tienen pistolas que disparan hacia mí. Pero me da igual, la cólera roja no desaparece. Me guía un instinto asesino que me permite sortear la lluvia de balas para vengar a Mi Protegida. Los bandidos huyen como pueden utilizando las puertas de embarque del aeropuerto. Pero lo que ellos no saben es que sé volar.

Lo único que recuerdo es que busco a La Puta enmedio de una oscuridad casi total y que, cuando la encuentro, le hablo y ella no me contesta, no dice nada. La sigo a todas partes pero ya en silencio porque es como si se hubiese quedado muda.

En una clase con pupitres viejos me habla La Falsa, que ha crecido 3 palmos por lo menos. Como de costumbre no nos entendemos. Es como si estuviésemos en longitudes de onda diferentes.