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Me encuentro con un grupo de gente organizada que persigue algún objetivo que se me escapa. En La Santa, barrio del Cementerio Viejo. Flirteo con una de las activistas, alta, guapa y decidida. De noche algo pasa. No nos gusta nada. La activista y yo nos miramos. No necesitamos más para entendernos. Cada uno desaparece por su lado. Nos encontramos en el coche que tenemos aparcado en la calle Melchor. Y nos vamos. Pero no sé a dónde.

Marina Oliva, ante todos sus discípulos, se pone a criticarme ferozmente, conmigo delante. Me critica todo, hasta la lentitud con la que avanzo en mi bici. Tardo en reaccionar y, cuando lo hago, todo son justificaciones aunque pronto me doy cuenta que lo mejor es dar un portazo y pirarme. ¿A qué viene esta persecución?

Estoy un poco puteado porque me han llamado de La Santa para tocar una pieza en el auditorio. Dudo entre pasar olímpicamente de ellos o aprovechar la oportunidad para jugar un poco y escandalizarlos. O simplemente aportar un poco de aire fresco, que buena falta les hace.

Mientras pienso esto recojo las cosas y abandono la playa en la que estaba tomando el sol con Los Creadores y Mi Protegida.

Llegando a casa de Los Creadores nos encontramos en la calle a un grupo de chavales jugando a un juego algo violento. El Creador les reprende pero ellos ni caso. Yo, en cambio, les robo un par de zapatillas deportivas y se vuelven locos. Paran el juego y me piden explicaciones. No sé qué coño les explico que se quedan tranquilos. Algo les prometo, pero no sé lo qué. Lo que sí sé es que me llevo las bambas y que ha sido una jugada maaestra que utilizo para demostrarle al Creador que hay otras formas más efectivas que el ordeno y mando para conseguir que la gente nos haga caso.

Ya en casa Mi Protegida me devuelve mi móvil y resulta que no es el mío. Ha habido una confusión con los móviles, el ipod y su puta madre. Creo que este móvil es de uno de los chavales y el mío, que es bastante más moderno, se lo deben haber quedado a cambio. Me estoy empezando a putear.

La Creadora me llama desde la otra punta del piso. El Creador también. Me tienen harto. Me pillan pensando si toco John Cage o qué. Pero pienso en el muermo de tener que tragarme todo el puto concierto y decido que rechazaré la invitación. Y les grito a mi familia que me dejen en paz de una vez.

Un par de chicas me persiguen de noche. Los Creadores se han ido de la ciudad y, por unos días, mi Protegida y yo tenemos su casa para nosotros.

Una de las chicas me coge la mano y la otra se mete enmedio y me da un beso. Me obliga a apartarla. Me refiero a la del beso. Demasiada gente entrometiéndose en mi vida. Esta chica, un tío alto y fuerte, algunos secuaces. Todos intentan por todos los medios que los deje entrar en casa pero yo sé que eso sería una equivocación y que debo impedirlo. Cada vez vienen más y más, esto se tiene que acabar. Posición de combate. Visto kimono. Mis primeros golpes salen como latigazos. No tengo compasión porque sé que esta gente no es humana. Son bichos programados para sacarme la sangre. ¡A la mierda la compasión! Mis puñetazos los dirijo a la cara, con todas mis fuerzas. Y las patadas al estómago. Pero no me muevo más de lo necesario, como debe ser. Precisión y economía de recursos. El gigante cae, la chica entrometida no se atreve a acercarse. No dudo. Se acabaron las dudas. Me da igual su dolor. No me lo creo. No es de verdad. Estas alimañas no sufren. Son insensibles. O ellos o yo.

De pronto, Sensei se tira contra la pared, nos mira, a El Cuerpo y a mí, y nos dice que se va a correr ahora mismo porque está super excitado. Se saca la polla y se la casca ante nosotros y, antes de que nos dé tiempo a reaccionar, se corre y su semen le mancha el jersey porque casi le llega hasta su cara. Yo meneo la cabeza y le digo a El Cuerpo que Sensei está loco perdido y que no sabe ya cómo llamar la atención. Venga, Sensei, recomponte y vámonos. Y salimos por la puerta de entrada del edificio donde viven Los Creadores.

La Puta me llama por el patio de luces del piso de Los Creadores. Yo estoy en el lavadero. Me dice que vaya a una fiesta en otro piso. Voy. Hay mucha gente, entre ellos Sensei. Estoy tirado por el suelo, en unos cojines, con Sensei al lado, rodeado de gente que me escucha y voy y explico alguna intimidad de La Puta que sé por Sensei. Sensei me mira flipando y me reprende aunque sólo sea con la mirada. ¿Cómo puedo estar explicando eso? Le digo que no pasa nada pero sé que no es cierto. Soy gilipollas.

Paso una temporada en esa zona fronteriza entre La Santa, Badalona, París, Lisboa, Amsterdam, Berlín, etc. Es un barrio antiguo, con una avenida central que es unos antiguos lavaderos públicos. Hay cafés de estilo centroeuropeo y tascas ibéricas. Me muevo de noche y de día. Paseo, entro en los bares y me siento en un extremo del lavadero de la avenida principal. En un mapa colgado en una pared observo la situación de las principales casas del barrio y sus nombres, que provienen de sitios lejanos, como Granz o Lumpen. Son de la época en la que Satie también frecuentaba el barrio.