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Corro por la playa hawaiana bordeando el agua.

Una amiga me da un beso en los labios. Pretende algo más que amistad, lo sé, pero a mí me resulta incómodo.

Desde el jardín que está delante de la casa de El Paraíso vemos al Creador haciendo arreglos en el patio que da entrada a la casa. Nos saluda y nos explica toda una historia que ha tenido con el padre de La Creadora, a la que todos intentamos sacarle hierro.

Entro al lavabo del recinto donde residimos mi amiga y yo y un montón de gente más que nos acompaña. Una chica y tres tíos entran detrás mío y permanecen dentro, charlando mientras yo intento mear, aunque no lo consigo porque me siento observado. Uno de ellos por fin se da cuenta y se van para dejarme solo. La taza del water tiene una de esas protecciones higiénicas. A mí me sigue costando mear porque estoy un poco excitado aún.

Somos prisioneros de guerra de unos muyaidines, cerca de El Paraíso. La cosa está chunga: nos van a matar a todos. Hablo con Celia. Está más joven y muy guapa. Es extraño. Huímos hacia El Paraíso. Nunca nos encontrarán allí. Pero no es cierto. Nos escondemos en casas abandonadas, caminamos entre vigas, el suelo de madera está roto. Pero vemos cómo avanzan por la carretera, hacia nosotros. Me resisto a pensar que es inevitable. Es como una pesadilla. Creo que si nos enfrentamos a ellos huirán como la niebla. Pero si son reales no acuchillarán sin piedad. Hay que ser listos.

Zapatero me llama al móvil de madrugada para decirme que tengo que resolver un problema de seguridad nacional. De acuerdo. Me levanto de la cama y voy a la Fuente de La Octava. Allí me espera él con un séquito de asesores y técnicos, entre los cuales está Jordi Mollà. Se trata de modificar el programa de una lavadora. Me enseñan unos documentos en forma de tela que han lavado en la lavadora. Los documentos contienen importantes fórmulas matemáticas. El problema es que se producen manchas oscuras en forma de cuadros que impiden leer bien las fórmulas. No pasa nada, ya veo cuál es el problema. Les digo que me dejen trabajar. Hablo con Jordi sobre cómo resolver el problema y nos ponemos manos a la obra. Zapatero se queda por ahí, sentado encima de un lavadero, con actitud informal, explicándonos su vida. Cuando ve que tenemos la cosa controlada se va a una de las casas próximas a la cantina de El Paraíso, una casa con galerías impresionantes, donde hay instalado un numeroso grupo de personas que cenan como en un banquete. Así podemos trabajar en paz, modificamos una sentencia del programa para utilizar una nueva rutina y lanzamos otra vez el programa de lavado de la lavadora. Esperamos pacientemente a que acabe (dura un rato). Finalmente acaba y comprobamos que, efectivamente, ha desaparecido todo rastro de suciedad. Ahora sólo queda llevar los resultados al despacho de Zapatero.

Me dirijo al despacho, cuesta arriba. Entro en una casa con dos pisos. El despacho se encuentra en el segundo piso. Hay que subir por unas escaleras de madera, en compañía de dos personajes de la noche. La puerta del despacho está abierta. Dentro, el aspecto es el de una sala de profesores de cualquier colegio o instituto. Hay una pizarra, una mesa escritorio y un balcón galería. Dejo los documentos tela sobre el escritorio. Mientras, mis acompañantes comienzan a sacar drogas de sus bolsillos: anfetas, cocaína, éxtasis … Se toman algunas y se van cerrando la puerta con llave tras de sí: me dejan encerrado. No quiero ni pensar lo que pasaría si me encontraran encerrado allí con todas esas drogas. Me iban a meter en la cárcel, así que no me lo pienso dos veces y salto por encima de la barandilla de madera del balcón. Con un par de movimientos acrobáticos me agarro al balcón del primer piso y me descuelgo de un salto hasta la calle. Luego arranco a correr hacia La Octava y decido volar, aunque si me encontrase a alguien del ministerio iban a sorprenderse mucho porque nadie conoce esa habilidad que poseo.

El vuelo es fluido y enseguida llego al río. Allí están rodando una película. En la orilla del río flota un barco de juguete. Ese barco es una simulación de un buque tipo Titanic donde se supone que viajamos todos los personajes que en ese momento asistimos al rodaje. Lo que pasa es que, más que un río, aquello es el mar y las olas que llegan a la orilla hacen volcar al barco, que da cuatro o cinco vueltas de campana. La cámara lo capta y la escena pierde toda verosimilitud.

No tiene sentido pero estamos cenando en un gran banquete dentro del barco. Allí Miriam me explica que Zapatero les ha encargado una obra civil de enormes dimensiones y me explica los detalles. Es difícil de creer que unas jóvenes arquitectas hayan conseguido una obra tan ambiciosa. Pero a estas alturas de la película me lo creo todo, ya. Miriam está muy guapa pero cada vez se asimila más a la pijería de su entorno.

Nos repartimos las habitaciones de la casa de El Paraíso. No tengo claro con quien me toca dormir: con la Niña Roja o con la Verdulera. Pero lo que está claro es lo que pasará si duermo con ellas. Miro a la Niña Roja, vestida con un camisón blanco casi transparente. Está muy simpática, cariñosa y tranquila. Vamos, no parece ella. Me busca y la verdad es que me apetece acostarme con ella. Pero la Verdulera también anda por ahí y, aunque no es mi tipo (qué tontería eso de los tipos) también encuentro apetecible irme con ella. ¡Hace tanto tiempo que la conozco!

Mientras nos decidimos todos (no sólo decido yo), voy a buscar agua a la fuente. Al pasar a la altura de la tienda en dirección a la Fuente de la Octava, el Padrino me dice que hay una fuente más cercana. Yo no la conozco, le pregunto dónde está. Me dice que suba recto y a la izquierda. Así lo hago y entro, con El Creador, en una oficina donde hay bastante gente trabajando. Al fondo de la sala grande encuentro una máquina expendedora de agua, que sale de una garrafa enorme puesta del revés. Lleno el botijo en la máquina.

Estoy enfadado con todo y eso me hace estar enfadado con todos. Todo el mundo hace cosas, no paran de moverse. ¿Pero por qué me obligan a mí a seguirles el ritmo?

Por ejemplo, hay una competición en la piscina. Se trata de seguir un recorrido perfectamente trazado: hay que tirarse por un tobogán, tipo Isla Fantasía, para caer en el agua y nadar hasta el final de la piscina y luego volver corriendo por el borde de la piscina. Lo peor es el tobogán. Es enorme y da miedo. Uno de los participantes sale despedido del tobogán y se estrella contra una de las paredes de la piscina. Parece un dibujo animado. Debe haberse hecho mucho daño pero eso no parece importarle a nadie. El público rodea la piscina sentado en gradas enormes. Es un circo romano.

Yo no quiero participar. Porque me da miedo y porque lo encuentro estúpido.

En la mesa de ping-pong de El Paraíso pretendo trabajar (o estudiar) pero hay tal follón que es imposible, no me dejan.

El Creador intenta animarme para que me integre en el ambiente. Es inútil, todavía me siento peor.

Uno de los participantes va desnudo. La polla es muy larga.

Les digo a Los Creadores, casi llorando, que si Fermín me abandona y se va a Évora eso será el fin.