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Peter al teléfono. Le escucho fatal, se corta cada dos por tres, su voz parece la de otra persona, imposible comunicarse. Subo al terrado y aparece Peter. Algo raro pasa. No era Peter quien estaba al teléfono.

Me encuentro con un grupo de gente organizada que persigue algún objetivo que se me escapa. En La Santa, barrio del Cementerio Viejo. Flirteo con una de las activistas, alta, guapa y decidida. De noche algo pasa. No nos gusta nada. La activista y yo nos miramos. No necesitamos más para entendernos. Cada uno desaparece por su lado. Nos encontramos en el coche que tenemos aparcado en la calle Melchor. Y nos vamos. Pero no sé a dónde.

Estoy hecho polvo, tirado en la cama. Dos chicas se ocupan de mí. Pero una se va, se tiene que ir y no creo que vuelva. Y la otra ya no está conmigo realmente. Así que me he quedado solo pero sigo viendo sus caras flotando cerca de la mía.

Me levanto para ir a la iglesia a un funeral. Pero no debe verme nadie, ni la organista. Si me ven no tendré más remedio que salir corriendo.

Vamos a casa de El Padrino y Birkin. Richarte y yo ponemos una peli porno en la tele y nos tiramos en la alfombra para verla cómodamente. Me parece que la peli está fuera de contexto pero eso no quita para que la veamos con total naturalidad, con toda la familia.

Marina Oliva, ante todos sus discípulos, se pone a criticarme ferozmente, conmigo delante. Me critica todo, hasta la lentitud con la que avanzo en mi bici. Tardo en reaccionar y, cuando lo hago, todo son justificaciones aunque pronto me doy cuenta que lo mejor es dar un portazo y pirarme. ¿A qué viene esta persecución?

Corro por la playa hawaiana bordeando el agua.

Una amiga me da un beso en los labios. Pretende algo más que amistad, lo sé, pero a mí me resulta incómodo.

Desde el jardín que está delante de la casa de El Paraíso vemos al Creador haciendo arreglos en el patio que da entrada a la casa. Nos saluda y nos explica toda una historia que ha tenido con el padre de La Creadora, a la que todos intentamos sacarle hierro.

Entro al lavabo del recinto donde residimos mi amiga y yo y un montón de gente más que nos acompaña. Una chica y tres tíos entran detrás mío y permanecen dentro, charlando mientras yo intento mear, aunque no lo consigo porque me siento observado. Uno de ellos por fin se da cuenta y se van para dejarme solo. La taza del water tiene una de esas protecciones higiénicas. A mí me sigue costando mear porque estoy un poco excitado aún.

Desde el piso superior de un claustro contemplo y escucho a Ramón conversando con un periodista gigante que lo entrevista. Gigante porque Ramón sólo le llega al hombro. El periodista es enorme y lleva coleta. Ramón le explica la historia de cómo dejó a aquella gran compañía en la que estuvo trabajando en otro tiempo.

Dos parejas se nos han enganchado y ocupan mi Celda. Son turistas en Barcelona. Una de las chicas me pregunta qué es una sardana. ¡Pues sí que están pez! Se lo explico.

Tengo follón con sus parejas, dos moritos españoles. Me persiguen y no me dejan en paz. Realmente no sé cuál es la poderosa razón que me obliga a ser tan hospitalario con ellos.

Me despierto en mi cama abrazado al Niño, desnudos. Me gusta El Niño y me gustaría que se me pusiese dura para follar con él. Pero, aunque me refriego con su cuerpo desnudo y lo intento por todos los medios, mi polla apenas reacciona.

Fumo tranquilamente en el sofá de La Celda. Me levanto, voy hacia la cama y descubro horrorizado que las sábanas están deshechas y yo no recuerdo haber deshecho la cama. Pero no hay nadie en el dormitorio. Con la piel de gallina vuelvo hacia la sala del sofá y está todo patas arriba, como si alguien lo hubiese registrado todo. Tengo vértigo. Todo me da vueltas.

Estoy un poco puteado porque me han llamado de La Santa para tocar una pieza en el auditorio. Dudo entre pasar olímpicamente de ellos o aprovechar la oportunidad para jugar un poco y escandalizarlos. O simplemente aportar un poco de aire fresco, que buena falta les hace.

Mientras pienso esto recojo las cosas y abandono la playa en la que estaba tomando el sol con Los Creadores y Mi Protegida.

Llegando a casa de Los Creadores nos encontramos en la calle a un grupo de chavales jugando a un juego algo violento. El Creador les reprende pero ellos ni caso. Yo, en cambio, les robo un par de zapatillas deportivas y se vuelven locos. Paran el juego y me piden explicaciones. No sé qué coño les explico que se quedan tranquilos. Algo les prometo, pero no sé lo qué. Lo que sí sé es que me llevo las bambas y que ha sido una jugada maaestra que utilizo para demostrarle al Creador que hay otras formas más efectivas que el ordeno y mando para conseguir que la gente nos haga caso.

Ya en casa Mi Protegida me devuelve mi móvil y resulta que no es el mío. Ha habido una confusión con los móviles, el ipod y su puta madre. Creo que este móvil es de uno de los chavales y el mío, que es bastante más moderno, se lo deben haber quedado a cambio. Me estoy empezando a putear.

La Creadora me llama desde la otra punta del piso. El Creador también. Me tienen harto. Me pillan pensando si toco John Cage o qué. Pero pienso en el muermo de tener que tragarme todo el puto concierto y decido que rechazaré la invitación. Y les grito a mi familia que me dejen en paz de una vez.

Un par de chicas me persiguen de noche. Los Creadores se han ido de la ciudad y, por unos días, mi Protegida y yo tenemos su casa para nosotros.

Una de las chicas me coge la mano y la otra se mete enmedio y me da un beso. Me obliga a apartarla. Me refiero a la del beso. Demasiada gente entrometiéndose en mi vida. Esta chica, un tío alto y fuerte, algunos secuaces. Todos intentan por todos los medios que los deje entrar en casa pero yo sé que eso sería una equivocación y que debo impedirlo. Cada vez vienen más y más, esto se tiene que acabar. Posición de combate. Visto kimono. Mis primeros golpes salen como latigazos. No tengo compasión porque sé que esta gente no es humana. Son bichos programados para sacarme la sangre. ¡A la mierda la compasión! Mis puñetazos los dirijo a la cara, con todas mis fuerzas. Y las patadas al estómago. Pero no me muevo más de lo necesario, como debe ser. Precisión y economía de recursos. El gigante cae, la chica entrometida no se atreve a acercarse. No dudo. Se acabaron las dudas. Me da igual su dolor. No me lo creo. No es de verdad. Estas alimañas no sufren. Son insensibles. O ellos o yo.